Conferencia en el
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NOTA sobre A.M. Molina, por J.R. Perdigón (2003)
Los que cifran su verdad en la estadística tienen ganada la partida si se trata de calibrar la presencia española en
Filipinas en función del número de hispano-hablantes. El resultado negativo es obvio, con su carga de pesimismo. Acepto
el resultado, pero no su connotación adversa. Somos una minoría los filipinos que poseemos el idioma español en relación
con la totalidad de la población nacional. Pero, esto no nos debe llamar a escándalo.
Recordemos, lo primero, que el español no fue nunca idioma del pueblo filipino. Más bien, siempre fue patrimonio exclusivo
de una minoría; entiéndase Gobierno, Iglesia, Milicia, el Comercio y los ámbitos de la docencia y las artes. No hay porqué
hurgar ahora en las razones que expliquen esta realidad histórica y aún coetánea. Basta con aceptar el hecho consumado.
Lo que nos ahorraría rasgarnos las vestiduras innecesariamente. Después de todo, no empiece la porfía de continuados
avatares adversos, esa minoría pervive en nuestros días.
Lo que interesa pues, es conservarla cuando menos y, cuando más, ampliarla hasta sus máximas posibilidades. En esto radica
la agonía del español en Filipinas; bien entendido, que empleo la palabra agonía en su sentido unamuniano. Unamuno, en
efecto, nos advierte que no debemos confundir agonía con muerte ni siquiera relacionarlas indefectiblemente, porque se
puede morir sin agonía y hay, en cambio quienes viven en la agonía y por la agonía. Esto, insisto, es cuanto acontece en
Filipinas.
La agonía o lo que es lo mismo, la lucha por la supervivencia del español en Filipinas es secularmente denodada. Sin el
apoyo, ni siquiera el agradecimiento, de los países hermanos allende los mares, los filipinos, incansables, vamos
apuntalando la conservación del idioma español, propiciando así adeptos y cultivadores del mismo, que, lenta pero
inexorablemente, reemplacen a los que por ley de vida ahuecan nuestras filas en el decurso de los años.
La Academia Filipina de la Lengua Española, correspondiente de la Real Academia Española; la concesión anual del Premio
Literario Zóbel de tan rancio sabor e indudable prestigio; el Instituto Cervantes, últimamente; la Asociación de Maestros
de Español; las aulas de español en los principales centros docentes, así estatales como privados; los recientes acuerdos
entre las autoridades filipinas y el Ministerio español de Asuntos Exteriores y la Radiotelevisión Española en orden a
intensificar el aprendizaje y cultivo del español en Filipinas; las modestas publicaciones periódicas y los humildes
títulos editoriales, así como la fidelidad de los hogares cuyo idioma sigue siendo el español, todos, según sus posibles
y con unánime afán, van aportando su clásico granito de arena en pro del ideal común. No hemos rendido, pues, la plaza.
Ni se rendirá, porque hacemos nuestra la firme convicción de nuestro eximio poeta Claro Recto, al apostrofar de
esta guisa a la lengua de esa minoría filipina:
Los que por otro lado, ciñen lo hispánico al idioma español, cuando comprueban que en Filipinas esta lengua hispana, como
ya se ha apuntado, se habla muy minoritariamente, creyendo incluso que va camino de su extinción, nos acosan con angustia:
"¿Qué queda ya de España en Filipinas?" Antes de responder, permitidme anteponga
una afirmación asaz categórica: Lo hispánico no se agota con el idioma. El hispanismo es más, mucho más que un mero asunto
de gramática o de filología tan siquiera de literatura, aunque también abarque todo esto. ¡Mengua sería que España hubiese
legado a Filipinas tan sólo su habla, cantarina y bella por demás!
Y ahora responderé a la pregunta, que vuelvo a formular: ¿Qué queda ya de España en Filipinas? En otras palabras,
¿Qué realidad ostenta aún la presencia española en mi país?
Lo primero, a despecho de los llamados espíritus fuertes, esa realidad es la religión católica. El Cristianismo llamó a
todas las puertas de Oriente, pero, solamente, bogando en naves españolas, encontró acogida en Filipinas. No extrañe, por
tanto, que Filipinas sea "El Unico País Cristiano en el Extremo Oriente". Nuestra fe religiosa no es relumbrón ocasional,
sino que subyace en el trasfondo de nuestro diario quehacer, perfila nuestro modo de ser y aflora en los momentos
transcendentales de nuestra vida nacional.
De ahí que, por ejemplo, no obstante, intentonas reiteradas en contrario, quedan proscritos en nuestra legislación el
aborto, la eutanasia y el divorcio vincular. Por otra parte, el Estado queda obligado, por ley, a proporcionar enseñanza
religiosa en los centros docentes gubernamentales a todos los escolares cuyos padres así lo soliciten por escrito. Y si
ampliamos la mirada, observaremos que las festividades locales de la inmensa mayoría de nuestras ciudades y pueblos giran
alrededor de su Santo Patrón. ¡En cuántas poblaciones, cuando la Misa Mayor de los domingos, todavía se interpreta
la Marcha Real española en el momento de la Consagración!.
Los ritos cuaresmales -Sermón de las siete palabras, lavatorio de los pies, recorrido de los monumentos, que allá se conoce
con el nombre español de "Visita Iglesias", oficio de tinieblas, los "Nazarenos" y demás penitentes públicos con sus
correspondientes flagelaciones, las procesiones del Santo Entierro y la Soledad en Viernes Santo y la del Encuentro en
Domingo de Resurrección -todos son hitos inconfundibles de lo que España dejara en Filipinas en el curso de la trisecular
convivencia fil-hispana. Al igual que esas otras procesiones de impacto nacional como son la de la Virgen del Santísimo
Rosario, que, con el nombre de "La Naval", conmemora con apoyo oficial del Estado, la milagrosa victoria alcanzada
por los marinos filipinos y españoles contra las fuerzas de la armada holandesa en 1646, la de
Jesús Nazareno de Quiapo, en Manila, exclusivamente para varones, y la fluvial de la
Virgen de Peña de Francia en la ciudad de Naga, en Camarines, todas las cuales se originan durante el régimen
español en Filipinas y perduras hasta nuestros días. Lo mismo cabe decir del "Santacrusan" -filipinización de la
expresión española: Santa Cruz-, que es una especie de procesión cívico-religiosa, que desfila diariamente durante todo el
mes de mayo, en honor de la Invención de la Santa Cruz, y en cuyo recorrido los alumbrantes cantan, a dos voces, en español
el santo rosario. Podemos citar, para mayor abundancia, las misas de Aguinaldo, que se celebran diariamente, a las cuatro
de la mañana, desde el dieciseis de diciembre hasta el día veinticuatro de dicho mes, cuando llegan a su culmen a
medianoche, con la Misa del Gallo, entonándose en ellas villancicos españoles al son de castañuelas y panderetas. ¿Y que
decir de las innumerables romerías a santuarios tan famosos como los de la Virgen de la Paz y Buen Viaje en el
pueblo de Antípolo y de la Virgen del Rosario de Mananag, en la provincia de Pangasinán? Todas estas
manifestaciones nos hablan de la labor perdurable de España en mi país.
Pero, citemos un acontecimiento de los años recientes. Me refiero a la incruenta revolución que derrocó la férrea dictadura
de Ferdinand Marcos. Cuando éste ordena a las Fuerzas Armadas que consigan la rendición y captura de su Ministro de Defensa,
Juan Ponce Enrile, y de su Jefe de Estado Mayor, el general Fidel Ramos Valdés (en la actualidad Presidente de Filipinas
habiendo sucedido en el cargo a la presidente Corazón Aquino, verdadera autora de susodicha revolución) así como a sus
doscientos seguidores, que se atrincheran en los Cuarteles Generales, Mons. Jaime Sin, Cardenal Arzobispo de Manila,
a través de la emisora Veritas, del Episcopado Católico, hace un llamamiento al pueblo para que acudan a defender a los
alzados en armas. Impone, sin embargo, sus condiciones: Todos deberán acudir desarmados; tan sólo llevarán el santo rosario;
les acompañarán las imágenes más veneradas de la ciudad; los sacerdotes, religiosos y religiosas deberán encabezar al pueblo
y dirigirán las oraciones, pidiendo por el triunfo de la libertad y el restablecimiento de la paz. Apenas transcurrida una
hora, acudieron dos millones de filipinos, que rodeando los Cuarteles Generales, hicieron frente a las fuerzas militares del
gobierno que, -causa asombro ¿verdad?-, no dispararon un sólo tiro; antes al contrario, sin dificultad alguna se unieron a
los defensores de la rebelión. El dictador hubo de huir precipitadamente. Así de arraigada es la fe religiosa de los
filipinos, preciado legado de siglo.
Eso queda de España en Filipinas.
La vida de todo estado de derecho encuentra su reflejo en su ordenamiento jurídico. Pues, bien; en Filipinas este
ordenamiento es fundamentalmente hispánico. Durante el régimen español se trasvasaron a Filipinas los Códigos Civil, Penal
y Mercantil de España. Al finalizar el dominio español, los nuevos gobernantes norteamericanos no se atrevieron a abrogar
estas legislaciones, que, hasta nuestros días, perviven, si bien con las adiciones y reformas exigidas por las
circunstancias histórico-políticas del país. Por otro lado, cuando Filipinas establece su primera República en 1898,
la dota de una Constitución Política que se inspira en la española de 1876 y en las de varias repúblicas hispanoamericanas.
Cuando en 1935, como antesala de nuestra independencia de la Mancomunidad de Filipinas, su nueva Constitución también
adopta varios artículados de la Constitución Española de 1931. Un buen número de esas diversas disposiciones
constitucionales de cuño hispánico, y sobre todo, su inspiración jurídica hispánica, encuentran vigencia en nuestra actual
legislación.
Eso queda de España en Filipinas.
Hace unos años regresaba yo a Filipinas a bordo de un buque francés. Al día siguiente de zarpar de Marsella, los pasajeros,
como es costumbre, comenzaron a trabar mutuo conocimiento. Un profesor japonés se me acercó para presentarse. Nos dimos las
manos e intercambiamos tarjetas. Más, cuando este profesor se presentó a otros dos pasajeros japoneses, no se estrecharon
las manos, sino que, reverentes, se inclinaron ante sí tres veces. Más tarde, un industrial de Bombay, al presentárseme,
también me dio la mano y me entregó su tarjeta. Pero luego, al pretender lo mismo con un funcionario de Nueva Dehli,
tampoco se dieron las manos... En cambio, unidas las palmas, las elevaron hasta la altura de la frente y lentamente las
bajaron hasta la mitad del pecho, repitiéndolo varias veces.
Cuando después me encontré con don Reynaldo Bautista, del Ministerio de Trabajo de Filipinas, el único pasajero filipino
fuera de mí, me invadió un algo de perplejidad. Me pregunté: "¿Cómo saludar a lo filipino, tal que los otros citados lo
habían hecho a lo japonés y a lo hindú?". No sabía si tocarmen las narices o tirarme de las orejas. Me conformé con darle
la mano. En seguida interiormente volví a preguntarme: "¿Es que los filipinos estamos tan desprovistos de personalidad
propia que ni siquiera tenemos un saludo típico?" Recordé, entonces, que se me tenía por historiador. A fuer de tal,
por tanto, repasé mentalmente las crónicas de mi país al respecto. En efecto, en ellas se nos dice que los filipinos, antes
de la llegada e instalación de los españoles en Filipinas, para saludar, juntaban las palmas de las manos, alzaban
seguidamente en sentido diagonal hasta la altura de la frente, doblaban la pierna izquierda al mismo tiempo que lentamente
se agachaban hasta ponerse en cuclillas. Excuso decir que si hubiera saludado así al paisano Bautista, se habría tronchado
de risa o, lo que no hubiese tenido ninguna gracia, me habría arrojado por la borda creyéndose objeto de una burla.
Todo esto demuestra que en la llamada occidentalización de los países asiáticos, de lo que se trata es de adoptar los modos
y usos de Occidente para su empleo ocasional cuando corresponda, demostrando así que se es igual a los europeos y
americanos, pero, entre los naturales del país se retiene lo autóctono, que no ha perdido vigencia. Más, no acontece así,
con el pueblo filipino. Nosotros hemos adoptado la cultura y la civilización occidentales como de nuestro propio acervo,
válidas entre propios y extraños, así en el país o fuera de sus costas. Digámoslo de una vez, la occidentalización del
Oriente encuentra su máxima y cabal representación en Filipinas.
Eso queda de España en Filipinas.
En otra ocasión, esta vez navegando hacia el Japón bajábamos mi mujer y yo por las escaleras del barco para dirigirnos al
comedor, cuando sorprendimos a cuatro jóvenes que subían. "Vamos a saludar a estos
paisanos míos", le dije a mi mujer, española de origen. Extrañada me preguntó:
"¿Cómo sabes que son filipinos si ni siquiera nos han sido presentados?" Rápidamente la respondí:
"Está clarísimo ¿Ves ese rótulo? Dice: Bajada solamente. Y ellos suben!".
Efectivamente, eran cuatro estudiantes filipinos, que se disculparon, diciéndome que, subiendo por aquellas escaleras, se
llegaba antes a sus camarotes. ¿Herencia española? Ciertamente. Los japonenes, los chinos, los coreanos, los vietnamitas o
los indonesios son incapaces de semejante indisciplina. Ya nuestro héroe nacional, José Rizal, en su novela
"El filibusterismo", pone en boca de un personaje español estas palabras:
"¿Queréis que se abra una carretera en España? No hay más que poner un cartel que se
diga: Prohibido el paso. Y por allí justamente transitarán todos hasta hacerse camino" Y añadía:
"En España el día que se prohiba la virtud, al día siguiente todos los españoles,
santos". Dentro de su hipérbole, las afirmaciones de nuestro novelista son de una realidad innegable. El llamado
espíritu de contradicción, que no es más que el culto a la libertad personal frente a todo autoritarismo, es típicamente
español. En cuanto a nosotros los filipinos, ya hace tiempo que ha venido a serlo también.
Eso queda de España en Filipinas.
No hace mucho un prominente filipino hubo de recurrir a los tribunales de justicia para hacer efectivo el cobro de un
pagaré que suscribiera un amigo norteamericano, a quien aquél venciera en una partida de bacarrá, en la cantidad de
cincuenta mil pesos filipinos. El demandado, que se negaba a pagar lo adeudado, en la vista del juicio, admitió ante el
juez que había firmado dicho pagaré, revelando el motivo de haberlo hecho. Entonces su abogado invocó al correspondiente
artículo del Código Civil -en este respecto y en muchos otros más, fiel calco del Código Civil español, por la razón ya
indicada anteriormente- disposición legal que hace inviable el cobro mediante proceso judicial, de ninguna obligación
contraída de resultas de un juego de azar.
El juzgado se vió constreñido a sostener la defensa del demandado como ajustaba a la ley. Entonces el demandante filipino
solicita se le entregue el pagaré. Una vez en su poder, lo hace añicos, mientras decía:
"Señoría: Pido que se haga constar en las diligencias que un filipino puede
permitirse el lujo de perder cincuenta mil pesos para conocer a un norteamericano sinvergüenza".
Eso queda de España en Filipinas.
Cierto magistrado filipino, enojado porque el novio de su hija había enviado la fotografía de ésta a la redacción de un
periódico, que patrocinaba un concurso de belleza, para incluirla entre las candidatas, le aconsejó a que retirara dicha
fotografía, porque no consentía que dispusiera de ella antes de que fuera marido de su hija. Ya en los recintos de la
redacción, dicho magistrado coincidió con un colega suyo, a quien, a preguntas del mismo, le explicó la situación.
Sin ningún recato, dicho colega le comentó: "Pues haces muy bien en retirar la
candidatura de tu hija, porque, presentándose la mía al concurso, veo difícil que tu hija pueda vencer. ¡Más vale ahorrarse
el bochorno de una derrota!" En tono enérgico el magistrado le replicó al instante:
"¿Ah sí? Pues mira, no retiro la fotografía. ¡Mi hija será candidata!"
A la postre ésta venció. Es que el magistrado se había suscrito al periódico por veinte años, visto que los votos se
conseguían en función de suscripciones al periódico. Vuelto a ver su colega, le faltó tiempo para preguntarle:
"¿Qué tal el bochorno de tu hija?" Inconfundiblemente hispánico todo ello.
Eso queda de España en Filipinas.
Cuando hace algunos años se presentó un proyecto de ley en nuestro Congreso Nacional para abolir la enseñanza obligatoria
del español en las escuelas filipinas, comparecí en la correspondiente sesión pública, habiendo solicitado un turno en
contra. El legislador que presidía la sesión, me preguntó: "¿Por qué se opone usted a
este proyecto de ley? ¿Por qué prefiere que continúe la enseñanza obligatoria del español en nuestras escuelas? ¿Es que se
enseña el tagálog en los centros docentes de España? Tenemos nuestro idioma propio. Cuidemos de enseñarlo y cultirvarlo, en
lugar de imponer en nuestras aulas un idioma extranjero que no tiene nada que ver con nosotros. ¿No le parece a usted que
llevo razón?". Le respondí entonces: "Su señoría dice bien. Tenemos un
idioma propio, el tagálog, que debíamos hablar y cultivar. ¿No le parece, por tanto, que deberíamos hacerlo ahora aquí,
en vez de emplear el inglés, como lo está haciendo Su Señoría? Accedió a ello, aunque no sé si de muy buena
gana. Empecé, entonces, preguntándole en tagálog: ¿Cómo se llama esta prenda?".
Me contestó: "Americana". Arguyo: "Perdone su Señoría, pero esa palabra
es española". Y proseguí: "Señoría, cuál es el nombre tagálog de esta otra
prenda?" Me respondió: "Camiseta". "Vuelva a perdonarme su señoría,
pero esa palabra también es española". Y así le hice recorrer las demás prendas como
pantalón, cinturón, corbata y calzoncillo, que también se llama
así tagálog.
¿Tiene que ver con nosotros el idioma español? En el Parque de Rizal se pueden leer en sendas placas conmemorativas las
traducciones de la poesía última de nuestro hérores nacional realizadas en todos los idiomas principales del mundo. Falta
el texto en español. ¿Es que no es este idioma uno de los principales?. Sí, lo es. Se trata únicamente de que Rizal, el
héroe, escribió su poesía en español. Como es español se compuso por el joven poeta filipino, José Palma, la letra
de nuestro Himno Nacional. También en español se redactó la Constitución de nuestra Primera República,
así como los escritos de nuestros más insignes patricios y los documentos más salientes de nuestra historia patria, amén
de las mejores producciones literarias de nuestros escritores, tanto en prosa como en verso.
Eso queda de España en Filipinas.
Por un decreto del que fuera Gobernador y Capitán General de Filipinas, don Narciso de Clavería, los filipinos adoptamos
apellidos españoles, que son los de más del noventa por ciento de los filipinos; inclusive, hay quien obstenta como
apellidos palabras españolas que no lo son; de ahí, que nos tropecemos con sobrenombres tan peregrinos como bragas,
pantalón, campana, jaula, elefante y pájaro. Han pasado años desde entonces, se han sucedido los regímenes políticos,
los filipinos nos hemos vuelto independientes, soberanos de nuestros destinos y, sin embargo, no hemos renegado de ese
úcase español, retenemos dichos apellidos y a mucha honra. Por eso no extrañe, en un repaso de la lista de los delegados
a la Conferencia Afro-Asiática de Bandung, que leamos esta reseña: Birmania - U nu; China - Chou En Lai;
India - Jawarharlal Nehru; Thailandia - Wakatayakan; Indochina - Ho Chi Ming; Indonesia - Sukarno; y
Filipinas - Carlos Rómulo Peña. ¿No es revelador esta singular variante filipina? Lo mismo acontece con los dirigentes
de los países orientales, tales como el Emperador Akihito, de Japón; la Primer Ministro Ali Bhuto, de Pakistán, y el
Presidente Suharto, de Indonesia, por citar a algunos, frente al presidente de Filipinas, que se llama Fidel Ramos
Valdés, como antes lo fuera la Presidenta Corazón Aquino, sin que tengamos que remontarnos al presidente de
nuestra primera República, que se llamó Emilio Aguinaldo.
Eso queda de España en Filipinas.
El más somero repaso de la toponimia filipina nos brinda un aval más a nuestra respuesta afirmativa a la pregunta que ocupa
nuestra atención. Lo inicia el mismo nombre de nuestro país, Filipinas, que se deriva de Felipe, nombre del que entonces
fuera Príncipe de Asturias, en cuyo honor se adoptó ese nombre para nuestras Islas. Nos sale, luego, al paso, una letanía
de provincias tales como La Unión, Isabela, Nueva Vizcaya, Nueva Ecija, La Laguna, Camarines, Mindoro y Negros. Nos hacen
el encuentro también ciudades y poblaciones como Ballesteros, San Fernando, Solano, San Carlos, San Quintín, San José,
Luceno, Valladolid, Mondragón, Getafe, La Carlota, Pontevedra, Victoria, Santa Catalina, Santander, San Luis y Puerto
Princesa. Desfilan seguidamente islas como Corregidor, Monja, Fraile, San Miguel y Boca Grande; bahías y golfos de nombre
Illana, Lanuza, Coral, San Antonio, San Juanico e Isla Verde; los cabos Engaño, San Ildefonso, Espíritu Santo, San Agustín,
Santiago y Coronado, sin dejar de aludir a ríos y cascadas como Chico, Magno, Grande y María Cristina, así como los montes
Sierra Madre, Carballo, Cordillera, Halcón y Santo Tomás. Hago referencia al tomo inédito que, sobre el particular, nos
dejara aquel gran investigador y buen amigo que en vida se llamó Adolfo Cuadrado Muñiz, del que he extraído tan
parcos ejemplos.
Eso queda de España en Filipinas.
¿Donde está el "American School" establecido por los norteamericanos en Filipinas hace un siglo? Y, sin embargo, allí
permanecen la Universidad de Santo Tomás, la del Ateneo de Manila, el Colegio de San Juan de Letrán, el de San Beda y los
femeninos de Santa Isabel, Santa Catalina, Santa Rosa, La Concordia, La Consolación y Santa Rita. Todas son instituciones
creadas por españoles durante el régimen español en Filipinas y que, aun en nuestros días, continúan su secular misión
docente. Y si nos trasladamos a los exponentes materiales existentes cabe citar las fuentes de Carriedo y de Calderón de
la Barca, las murallas de Manila que datan de 1574, la Real Fortaleza de Santiago, el Palacio de Malacañang, residencio
oficial del Presidente de Filipinas, la Fuerza de Nuestra Señora del Pilar, en Zamboanga, las catedrales de Manila, Lipa
y Calasiado, así como las iglesias de San Agustín, Malate y San Sebastián y los templos provinciales de Paoay, Tanay,
Dingras, Lucbán, gumaca, Morong, Barasoain y Naga. ¿Podemos olvidar, acaso, los monumentos a Legazpi y Urdaneta, al
Arzobispo Miguel de Benavides, al botánico Sebastián Soler y al Gobernandor General Simón de Anda y Salazar? ¿Y qué decir
de esa maravilla mundial que es el órgano de bambú de las Piñas?
Eso queda de España en Filipinas.
Los filipinos abrimos los libros de derecha a izquierda, así como leemos horizontalmente de izquierda a derecha,
justamente lo contrario a como lo hacen nuestros hermanos orientales. Empleamos el negro para el luto y no el blanco o
el amarillo preferido en otras latitudes de Extremo Oriente. En la urdimbre de nuestras danzas y canciones juguetean los
fandangos, las habaneras y las jotas, siquiera sea, en palabras del maestro español Cubiles, "con
cierta pereza oriental". Nuestra gastronomía desconoce los platos exóticos de China, Japón y Corea, por ejemplo, a base
de serpientes, ratas o monos. Nuestro plato nacional es el cochinillo asado, como se conoce en vuestra Segovia. Nuestra
indumentaria típica es, para los varones, la camisa occidental, aunque enriquecida con bordados a mano, y, para las
mujeres, la falda larga y la camisa de diseño originariamente valenciano, como lo demuestra la doctora Inés Villas,
en su tesis doctoral en la Universidad Complutense, de la que fue primera doctora filipina.
Eso queda de España en Filipinas.
En Filipinas presumimos de redes ferroviarias; alumbrado eléctrico público y privado, traída de aguas potables; marina
mercante; plantaciones de azucar, tabaco, maíz, añil y algodón; observatorio meteorológico; cria caballar y bovina;
hospitales, orfelinatos, seminarios, conventos de clausura y colegios y universidades. También contamos con un sistema
de seguridad social, con economatos y mutualidades, escuelas de maternidad y óptica, asilos, sanatorios, presidios. Y así
se podría prolongar la reseña sin pausa; pero, hagámosla para recalcar que todas estas realidades filipinas son de origen
español y datan de siglos.
Eso queda de España en Filipinas.
España sigue, pues, presente en Filipinas. Nos lo asegura con mejor acento el bardo filipino Jesús Balmori, que
se dirige así a España:
(*)Necrological note: Antonio M. Molina falleció el 15/11/2000.
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